Al enfrentarnos a las dificultades que afrontan algunas personas en la organización, sentimos la necesidad de abordarlas desde el planteamiento:
«No pienses en el oso blanco» una expresión empleada en un anuncio de Tv y famosa frase de la escuela de la terapia estratégica, que había trabajado mucho sobre las prescripciones que nos hacemos los unos a los otros y lo mal que funcionan (siete de cada 10 infartados fumadores vuelven a hacerlo, por ejemplo; igual has tenido la experiencia de intentar animar a alguien a que salga y se oree, una y otra vez, comprobando el escaso éxito de la sugerencia).
En el caso de la empresa, imaginemos un grupo de empleados que sometidos a la tensión de los malos resultados comienzan a decaer en su esfuerzo y a considerar que nada de lo que hagan va a salvar la situación; que salir de las dificultades está en manos de los directivos, exclusivamente y que por más que lo intentaran ellos, apenas conseguirían que las cosas mejoraran. Dejados de la esperanza que nos anima a todos y cada uno a superar las dificultades, el grupo se va comportando de una manera cada vez más autodestructiva, hasta que la realidad les confirma lo que antes “ya sabían”: que no había nada que hacer. Más de una empresa se encuentra con la situación de que los trabajadores esperan que de un momento a otro les llamen de la dirección para comunicarles que no cuentan con ellos en el futuro. Así que deciden no actuar y esperar; la profecía, siempre se cumple.
Este pensamiento tiene mucho que ver con las creencias irracionales de las que nos han hablado escuelas como la de Albert Ellis (racional emotiva) o la de MRI (Mental Research Institute, en Palo Alto).
Recogidas en un escrito por Watzlawick, -que ayudó a Nardone a establecer su centro de terapia estratégica en Arizio, Italia-, en un texto de jugoso título, El arte de amargarse la vida, parece conveniente recordar en algún momento que muchos de nosotros, frente a las dificultades, mostramos la tendencia a manifestarlas y, sobretodo, a sufrirlas.
• Necesidad de aprobación.
• Culpa y condena, de nosotros y de quienes nos rodean. Es curioso como en un estudio reciente sobre compromiso, un elevado porcentaje de las personas que tienen más de 35 años consideran que de las dificultades no les van a sacar los directivos. ¿Y ellos mismos, serán capaces de salir de la cazuela con agua caliente donde se cuecen lenta pero inexorablemente?
• La frustración, no alcanzar lo que se desea, conduce a la depresión. Es bueno recordar aquí que pocos escritores han abordado el tema del fracaso, aunque para Watzlawick es necesario tener en mente que la vida es una sucesión de dificultades que tarde o temprano superamos.
• Es más fácil evitar. En una empresa para la que estuve realizando un proyecto, muchos de los trabajadores, ante la posibilidad de que se produjera un ERE dejarom de actuar al nivel de esfuerzo necesario. En recursos humanos se preguntaban si era una conducta acertada el impedir que se puedan adoptar decisiones en función del rendimiento, dejándolas al albur de lo que pueda decidir la asesoría jurídica.
Como si ante la posibilidad de salvar nuestros muebles, decidiéramos que el fuego es sabio y quemará a los trastos viejos de manera selectiva.
• Es necesario confiar en otros. En las empresas hay personas que vuelcan sus necesidades narcisistas en otras personas; demandan continuamente un líder, un guía, pero cuando este desaparece, por cambios profesionales de cualquier tipo, se quedan arrinconados, sin posibilidad de respuesta.
• Miedo al fracaso. Es famosa la anécdota que menciona Daniel Coleman en su famoso libro, de aquella persona que tras perder su negocio por una expropiación se lanzó a la aventura de conseguir que alguien le financiara para montar su restaurante de pollo, con una receta en el bolsillo. En el caso de España, experiencias como la del fundador de Don Algodón y recientemente la del fundador de Bubok, compitiendo con grandes editoriales, son paradigmáticas del valor y de la felicidad que se obtiene con el sudor.
• Carga de los traumas. En el sentido de que el pasado siempre vuelve, siempre está ahí. Las investigaciones sobre la memoria, que se reconstruye a sí misma continuamente (¿te ha sucedido alguna vez escuchar una anécdota de boca de alguien y que otra de las personas protagonistas le corrija sobre la marcha: Eso no te pasó a ti, sino a tu hermano; quien se fue de viaje fue el tío tal y no cual, no echaron a fulano sino a mengano…?) y los avances en terapia post traumática, junto a la apertura social y el tamaño de las ciudades en las que vivimos va dejando muy atrás la creencia de que “tras aquello” no se puede hacer otra cosa.
• Necesidad de control. Uno de los principios de AA versa sobre la imposibilidad de controlarlo todo. Hay una anécdota que se suele referir a algún dictador, aunque el origen debe ser más noble, en la que se menciona la costumbre de hacer tres montones con los asuntos: Los que tú puedes arreglar, los que arreglarán el tiempo o dios, según las creencias y por último los que no arreglarán ninguno de estos dos últimos. Mejor trabajar sobre lo que podemos, sin obviar aquel principio de que lo hicieron porque ignoraban que era imposible.
• La felicidad por inercia. Muchos estudiosos coinciden en que la felicidad es una sensación interna de camino más que de meta. Como el estado de fluir en el que las cosas van saliendo, se van consiguiendo resultados parciales, se hace el trabajo dentro de los márgenes del tiempo previsto, se elabora, se dan los pasos para obtener lo que necesitamos o anhelamos. La felicidad es consecuencia de un esfuerzo satisfactorio más que saciedad de lo que nos gusta.
• No se puede controlar una emoción. Una de las terapias más exitosas en el tratamiento del sufrimiento es la terapia racional emotiva, donde se abordan los pensamientos y las creencias.
• Debemos asumir las preocupaciones de otros. Recientemente me comentaban de cómo una empresa había seguido adelante con un expediente de regulación al no llegar a un acuerdo con los representantes sindicales, lo que se tradujo en una indemnización final inferior a la ofertada previamente. Los trabajadores, en una especie de conciencia colectiva habían oído los cantos de sirena de las personas poco cualificadas de su comité de empresa, haciendo caso omiso de la racionalidad de la toma de decisiones. Unos salieron de la empresa con 20 días de indemnización, en lugar de los 28 ofrecidos. Los miembros del comité, preocupados por lo suyo –ellos si continúan porque el cargo les protege en la situación de ERE- habían conseguido que el resto les secundara en su preocupación. Ninguno de nosotros tiene porqué ser responsable de las preocupaciones de los demás.
• Cada problema tiene una sola solución. Es curioso el modelo del Cubo de la Basura en toma de decisiones, donde se plantea el hecho cierto de que algunas soluciones no resuelven el problema para el que fueron creadas, pero sí que resuelven otros.
Los diversos puntos recogidos más arriba se pueden agrupar, según Watzlawick, en tres categorías:
• Tremendismo
• No tolerancia
• Condena
¿Te animas a clasificarlos si has llegado hasta aquí?
Como digo en el título, muchos acertamos precisamente porque pensamos mal. La profecía autocumplida
PS: Me apunto, yo también, a una de esas iniciativas frente a la crisis que afrontan el riesgo de amargarse la vida.
Escrito por Gustavo Ruiz 



