
Se denomina toxic tandem a la mala relación que establecen algunas personas que dirigen una unidad de negocio con quienes “beben por sus huesos”. Cuando entramos en crisis, el jefe se centra en sus asuntos y se despreocupa de los demás, de sus necesidades. Como resultado, todo el mundo que le rodea busca señales de cómo será el futuro. No trabajan mejor (contradiciendo lo que el jefe espera de ellos, que vendan, que saquen adelante sus jodidas nóminas) sino más preocupados, atendiendo a cualesquiera señales que confirmen los temores o que los minimicen.
Como lo negativo tiene más colores en el corto plazo y lo positivo en el largo(1), pero como los líderes no tienen en cuenta cómo funciona el cerebro, cualquier señal emitida por el líder se magnifica.
Las malas se incrementan, el miedo corre libre y las señales se disparan. Como resultado de ello, las zonas del cerebro que están vinculadas a la toma de decisiones, resolución de problemas y ejercicio del talento se ven afectadas por aquellas otras más vinculadas con la supervivencia y el mantenimiento de las relaciones sociales.
Las conversaciones de pasillo, incluso con aquellos compañeros con los que no hemos mantenido relación anteriormente, se imultiplican.
Nada de trabajar duro. Hay que mirar por lo nuestro. Con estas conductas, los resultados se van confirmando, el líder comprueba que existen evidencias de que se está trabajando peor de como se podía hacer y el castillo se viene abajo, confirmando los peores augurios de todos y cada uno de los miembros.
Algunos científicos sugieren que en las compañías donde deja de funcionar el counseling, la empatía y otros procecimiendos de management humanista al tiempo que renacen las tácticas del palo y la zanahoria cuando llegan los momentos de cambio, es conveniente explicar como funciona el cerebro, para que así tengamos claro qué cosas suceden dentro de cada quién y cómo podemos atajar su preeminencia.
Algunas personas ejercen un liderazgo ciego a las necesidades de los demás, especialmente en tiempos duros. A veces pueden emplear el castigo y la amenaza como elemento incentivador, especialmente si consideran que las personas que trabajan para ellas no están haciendo todo lo que pueden.
Esto se explicaba muy bien desde el Liderazgo Situacional, al tratar de aquellos empleados o ejecutivos desencantados que deciden en algún momento “entrar y salir a su hora, sin aportar un gramo de sustancia más de la extrictamente necesaria”.
El liderazgo duro o Tough Leadership consigue resultados gracias a las características personales de algunos colaboradores, sobre todo aquellos que depositan sus necesidades y deseos en los logros del jefe.
Este tipo de empleado proyecta su narcisismo en el líder: Si esa persona lo consigue, mi patrón, nosotros lo conseguiremos. Este es el estilo frecuente en las organizaciones pequeñas donde el líder le ha prestado su nombre a la compañía y aún no ha crecido lo suficiente como para que el anonimato crezca y nos ayude a reaccionar ante lo extraño y novedoso, viéndolo como amenaza o como oportunidad de modo objetivo, no tanto desde dentro de la caja en la que convivimos.
Cuando las empresas pequeñas crecen, se incorporan nuevas personas y proyectos y medios que liberan a los antiguos residentes de la hegemonía del líder, dando paso a un mayor número de relaciones potenciales, de estimulación y de fuentes de recompensa.
Aunque muchas empresas grandes se gobiernan por dentro como si fueran pequeñas, con jefes de estilo tough que lo supervisan todo, incluso en tiempos de mudanza. Algunos de estos pululan por la empresa en la que actualmente refuerzo el área de recursos humanos, como consultor interim (un modo elegante de llamarnos a los freelance a tiempo completo, temporalmente); habrá que regalarles My Fair Lady y la película sobre el Efecto Pygmalion.
¿Sufres de esto en tu empresa? ?Conoces alguna donde impere el Tough Style?
(1) Las malas noticias se mantienen durante un buen rato en tu cabeza, pero por necesidades de supervivencia, van diluyéndose, incrementándose el valor de los buenos recuerdos. Esto, que se ha confirmado en numerosas ocasiones, ya lo intuía Marcel Proust: Lo que más me apena de este dolor es que será pasado en el futuro (la emoción no durará, quedará un rescoldo nada más; por fortuna, me permito añadir).
Escrito por Gustavo Ruiz 
Escrito por Gustavo Ruiz 
Escrito por Gustavo Ruiz 